Prensa – Cuando el “nido” se llena
En la casa de Adriana Riquelme, en Lo Barnechea, hoy conviven cuatro generaciones. Tres de sus cuatro hijos han vuelto a compartir el hogar con ella y allí también viven dos de sus nietos. La última en llegar fue su madre, de 82 años, quien se instaló hace un año después de que su salud se deteriorara y comenzara a requerir cuidados permanentes.
La casa no se llenó de una vez. Sus hijos volvieron de a poco; los tres (de 33, 27 y 25 años) habían vivido antes por su cuenta y dos volvieron después del término de sus relaciones de pareja. Ella reconoce que, en cierta forma, siempre contempló esa posibilidad.
—Yo pensé que podrían volver porque ellos no se fueron a vivir a sus casas propias, no compraron casas. Si lo hubieran hecho, a lo mejor no hubieran vuelto —piensa la mujer de 55 años, que hoy dedica buena parte de sus días al cuidado de su madre y de su nieto de cuatro años.
Con cada llegada, la casa se transformó. Uno de sus hijos construyó una habitación en la parte posterior. Otro, cuando regresó, tuvo que dormir durante un tiempo en el sillón del comedor. Y cuando la madre de Riquelme enfermó, hubo que reorganizar nuevamente los dormitorios. La casa tiene cinco habitaciones, pero hoy alberga a varias generaciones que deben acomodarse a un espacio que antes se distribuía de otra manera.
—Uno tiene que acostumbrarse, ya no tiene tanta privacidad —dice Riquelme.
La situación forma parte de un fenómeno conocido como ‘nido lleno’, utilizado para describir hogares en los que hijos adultos permanecen o regresan a vivir con sus padres. En un sentido más amplio, la convivencia bajo un mismo techo de adultos de distintas generaciones de una familia también se conoce como corresidencia multigeneracional.
En enero del año pasado, una investigación de académicas de la Universidad Católica, publicada en Estudios Demográficos y Urbanos, analizó los censos realizados entre 1982 y 2017 y mostró un cambio en la composición de estos hogares: los arreglos de tres generaciones se redujeron a la mitad, mientras aumentaron las personas mayores que viven únicamente con hijos adultos de 25 años o más.
Camilo Sembler, sociólogo y académico de la Universidad de Chile, advierte que estos hogares no constituyen una novedad en el país. Las familias extendidas han sido históricamente una forma de organización, pero lo que cambió son las condiciones que hoy vuelven más frágil la posibilidad de mantener una residencia independiente, considerando un mercado laboral marcado por la informalidad y la precariedad.
—Se logra, pero muchas veces frente a una situación de desempleo de algún familiar o algún costo, no es poco habitual que se vuelva al hogar de origen —describe.
Detrás de esa vuelta existe también una tensión cultural. Sembler explica que la autonomía y la independencia siguen estando fuertemente asociadas al reconocimiento de la adultez. Por eso, depender nuevamente de la familia puede chocar con una trayectoria que socialmente se imagina como lineal, enfocada en tres pasos: dejar la casa de los padres, alcanzar la independencia económica y construir un hogar propio.
Sin embargo, el académico advierte que las trayectorias cambian, la independencia puede interrumpirse y hogares que alguna vez comenzaron a vaciarse vuelven a convertirse en espacios compartidos entre adultos de distintas generaciones. Y allí el nido comienza a llenarse.
Los que llegan
Durante años, Betsabet Arriagada intentó tener una vida independiente junto a su hijo, pero distintas circunstancias la obligaron más de una vez a reorganizar dónde y con quién vivir. Como madre soltera, mantener un hogar por su cuenta no siempre fue posible y en algunos períodos volvió a vivir con su madre. La convivencia, sin embargo, fue difícil y con el tiempo terminaron distanciándose.
El último cambio fue durante la pandemia. Mientras acompañaba a una de sus tías en un tratamiento contra el cáncer, Arriagada perdió su trabajo y estas le ofrecieron trasladarse con su hijo a la casa que compartían en Conchalí. Tres años después, y tras el fallecimiento de una de ellas, Arriagada todavía vive allí junto a su otra tía y su hijo de 17 años.
—Yo nunca hubiese querido ir a vivir con mis tías. Yo soy muy independiente y vivir con otras personas es muy difícil.
Aunque Arriagada no vive en el que fue su hogar de la infancia, su historia responde a una lógica familiar: cuando mantenerse en una vivienda propia no es posible, la familia se transforma en un punto de regreso.
Juan Pablo Westphal, psicólogo de Clínica Santa María, explica que cuando una persona abandona el hogar familiar y se independiza, comienza a construir sus propias rutinas, normas y costumbres. Por eso, cuando instalarse con los familiares no es voluntario, sino provocado por una dificultad —la pérdida de un trabajo, una separación de pareja o la insolvencia económica—, este puede estar acompañado de incertidumbre, incomodidad y frustración.
Por su parte, María Paz Altuzarra, psicóloga de Clínica Universidad de los Andes, plantea que vivir con los familiares no necesariamente significa depender de ellos. Para la especialista, lo importante es conservar la ‘independencia psicológica’, es decir, seguir tomando decisiones y asumiendo responsabilidades.
—La independencia que uno busca es psicológica, no física del lugar donde uno vive —afirma Altuzarra.
No obstante, mientras la autonomía puede mantenerse al margen del lugar donde se vive, acceder a un espacio propio se ha vuelto más difícil. El estudio de las investigadoras de la Universidad Católica muestra que, durante el período analizado los precios de venta de las viviendas se duplicaron y los arriendos aumentaron un 50%.
Betsabet Arriagada así lo ha vivido y construir un espacio propio sigue siendo una meta. Hoy intenta estabilizar su situación laboral mientras se capacita y desarrolla trabajos relacionados con la estética, pero lo que más le preocupa es el paso del tiempo frente a lo que inicialmente debía ser una solución transitoria.
—Mi hijo ya tiene 17 años. En un tiempo más quizás él va a pensar en irse y yo todavía voy a estar donde mi tía. Espero que no pase, pero me da mucha pena.
Aunque Arriagada agradece el apoyo de su familia, afirma que sentirse acogida no ha eliminado su deseo de recuperar un espacio propio.
—Es un lugar de paso que no se siente como tu casa. Yo lo agradezco muchísimo porque uno llega allá y dice: ‘Ya, aquí estamos seguros, estamos calentitos, tenemos techo, tenemos comida’. Sí, pero también se siente que nuestro espacio no es nuestro lugar.
Los que reciben
En abril de este año, la casa de Karla Bustamante cambió de un día para otro. Sus padres, de 76 y 70 años, atravesaban una situación que hacía difícil que siguieran viviendo donde estaban y ella decidió recibirlos. No hubo una larga preparación ni conversaciones sobre cómo se repartirían los espacios o cuáles serían las nuevas reglas; como ella misma dice, fue una ‘decisión de auxilio’.
Desde entonces, los cambios que se veían pequeños comenzaron a pesar. Bustamante trabaja como peluquera y la primera rutina que cambió fue la de su hija de diez años, a quien sacó de una escuela de fútbol porque ya no podía compatibilizar los tiempos de traslados. Los gastos —aunque apoyados por las pensiones que reciben sus padres— también se incrementaron, y el presupuesto que antes estaba destinado al núcleo compuesto por Bustamante y sus dos hijos tuvo que redistribuirse para responder a las necesidades de cinco personas.
Sin embargo, cuando habla de lo que más le ha costado, Karla Bustamante responde sin dudas:
—El principal problema ha sido la convivencia en sí, el roce de la casa —reconoce la peluquera de 46 años.
La llegada reunió bajo el mismo techo distintas generaciones, cada una con sus rutinas y maneras de entender cómo debe funcionar una familia. Con su madre, por ejemplo, han surgido diferencias respecto de la crianza de sus hijos y de las decisiones que se toman dentro de la casa. Bustamante ve estas tensiones en situaciones cotidianas. Su madre habitualmente invita a otros familiares sin consultarle, y en estos episodios dice que está la mayor dificultad: establecer quién toma las decisiones.
—Ella piensa que es la jefa del hogar —asevera Bustamante, quien dice estar al medio de una situación que en ocasiones la sobrepasa. Por un lado es la hija de quienes llegaron, pero también la adulta que hasta entonces manejaba su propio hogar.
Esa tensión tiene un componente cultural. Valentina Jorquera, investigadora principal y coordinadora del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, explica que en Chile y Latinoamérica persiste una concepción donde cada hogar tiene una persona que lo conduce. Cuando dos generaciones que han organizado sus propias vidas pasan a compartir una misma vivienda, pueden encontrarse también formas distintas de entender cómo se habita y quién toma las decisiones. A eso se suma, en el caso de las personas mayores, la pérdida de autonomía que puede implicar abandonar la propia vivienda y tener que recurrir a los hijos.
—Volver a la casa de un hijo lo perciben como un fracaso vital; eso va muy aparejado a problemas de salud mental, porque tienen que solicitar ayuda en una cultura que piensa que esta tiene que ir en la otra dirección, donde los padres entregan ayuda a los hijos y no los hijos a los padres.
Para el psicólogo Westphal, en ambos escenarios es fundamental reconocer que quien llega se incorpora a un hogar que ya tiene rutinas propias. Conversar los límites, acordar las formas de convivencia y proyectar cuánto tiempo durará el arreglo puede evitar que las fricciones se acumulen.
—Si llegan unos padres a vivir con un hijo y traen sus rutinas que alteran la vida del hijo, ahí va a empezar una guerra sutil que puede generar mucha tensión.
Pero antes de resolver cómo convivir, muchas familias deben decidir qué hacer cuando los padres ya no pueden vivir solos. Jorquera explica que, a medida que avanza la vejez, determinados cambios como una enfermedad, la viudez, una disminución de los ingresos o la aparición de necesidades de cuidado pueden hacer que dos hogares que durante años funcionaron separados vuelvan a reunirse.
El sociólogo Sembler agrega que las alternativas disponibles dependen de los recursos económicos de cada familia. Frente a una persona mayor que comienza a necesitar cuidados, una residencia o la contratación de asistencia privada no son opciones accesibles para todos.
—Gran parte de la población en Chile no tiene las condiciones para pagar ese tipo de servicios. Entonces, más bien lo que operan ahí son las redes familiares informales —describe el sociólogo y agrega:
—Es más habitual que los adultos mayores pasen a residir, por ejemplo, con las hijas; es decir, que sean las hijas las que asuman un lugar muy importante en el cuidado de los adultos mayores.
En la casa de Adriana Riquelme, ese otro movimiento del nido ocurrió hace un año. Su madre vivió de forma independiente y se hacía cargo de sus gastos gracias a un puesto de venta en Avenida La Dehesa, pero tras el cierre de este, su salud comenzó a deteriorarse y ya no pudo permanecer sola. Riquelme, quien es hija única, decidió recibirla.
Hoy su madre necesita asistencia diaria y requiere medicamentos. Riquelme combina esas tareas con el cuidado de su nieto de cuatro años y con el funcionamiento cotidiano de una casa donde conviven cuatro generaciones.
—Una nunca tiene tiempo. Cuando una se sienta a comer, ahí recién hay un poco.
María Paz Altuzarra explica que, cuando la llegada de los padres está asociada a una pérdida de autonomía, el hijo puede convertirse en su principal cuidador. A las responsabilidades que ya tenía se agregan nuevas tareas y preocupaciones que, cuando se prolongan en el tiempo, pueden traducirse en agotamiento.
—Los hijos, cuando les toca ser el principal cuidador, también tienen que enfrentar el estrés de serlo —afirma.
Pese a esto, la investigadora Valentina Jorquera asegura que vivir entre generaciones no constituye por sí mismo un factor de riesgo ni tampoco uno protector. La especialista afirma que sus efectos dependen del rol económico y funcional que mantenga la persona mayor dentro del hogar y del grado de autonomía que conserve. De esta forma, mientras en algunos casos pueden surgir tensiones, en otros la convivencia puede significar compañía, apoyo y protección frente a la soledad. Así lo resume:
—La corresidencia es el mecanismo que tenemos en Chile para absorber los shocks de vulnerabilidad.
